CONFLICTO SOCIAL | LEY MORDAZA


SILENCIAR A LOS PERDEDORES|LA PROTESTA SOCIAL COMO DELITO

LA PROTESTA CIUDADANA  difundida intencionadamente como violencia colectiva está cada vez más en uso dentro del lenguaje calculado, manipulador y publicitario de las élites gobernantes. La confusión y la falsa realidad se construye y se “vende” bajo diversas etiquetas: grupos antisistema, antiglobalización, antinucleares, mareas blancas, mareas verdes, populistas, radicales, izquierdistas y hasta perros-flauta. Los equipos de analistas y los sociólogos integrados en los gabinetes LA DESIGUALDAD SOCIAL COMO FORMA DE VIOLENCIA.de prensa de los aparatos estatales, pretenden definir y conceptualizar a los desfavorecidos para poder posteriormente estigmatizarlos.

De esta manera los gobiernos occidentales se envuelven en la bandera defensora del orden y la estabilidad de la buena gente de la clase media que con tanto esfuerzo se reinventó después de la II Guerra Mundial para mayor gloria de la Sociedad Opulenta (Galbraith 1960). Esa clase media que tiene como cualidades ciudadanas principales soportar bajo sus hombros el desgastado y deslegitimado sistema político mediante el voto y aportar y sostener el asimétrico sistema ecónomico-impositivo mediante el pago de impuestos y tributos. No obstante nada es inalterable y la dinámica social nos enseña que la estructura social está en constante evolución y que el conflicto (controlado) es un motor de cambio y evolución de las sociedades (R. Dahrendorf). Lo cierto es que la crisis económica y su deriva en crisis institucional y social está sirviendo al menos para clarificar las posturas ideológicas de todo un continente, incluso ya hay dentro de las cúpulas de poder quienes ni se molestan en negar o justificar la profunda realidad que subyace, que no es otra que el incremento de la desigualdad social, la brecha digital y salarial o lo que es peor, un estancamiento en la movilidad social en nuestra celebrada UE.

Las motivaciones del conflicto social latente en nuestras sociedades tienen mucho que ver con la sensación de las capas más populares de que las élites dominantes detentan el poder económico y político, marcan las reglas del juego y deciden de antemano los premios y los ganadores. Como no podía ser de otra manera el grado de frustración que esto suscita acrecienta la posibilidad de conflicto social. Soluciones como la española con la promulgación de la llamada Ley Mordaza y otros mecanismos de represión similares son fruto de la impotencia del sistema y sólo sirven para deslegitimar y desgastar más si cabe al Estado y para crear mayor grado de descontento en los colectivos más desfavorecidos, incluyendo grandes capas de las clases medias, esas clases medias que siempre (llegado el momento) ponderan, mitigan y suavizan las posiciones más radicales y conflictivas y que a fuerza de ser castigadas e ignoradas están comenzando a definirse y movilizarse tanto desde una perspectiva fáctica como ideológica.

El conflicto social tiene su base en la falta de redistribución de la riqueza.

La cuestión de la redistribución de la riqueza se puede considerar un problema añadido a la gran crisis económica. Los datos referentes a los índices de desarrollo industrial o la renta per cápita, no reflejan con la exactitud y minuciosidad debida la cuestión fundamental : ¿Cómo se reparte el beneficio global obtenido sobre la base del esfuerzo común?. El Estado ha renunciado ideológicamente a ponderar los desequilibrios que sin duda el mercado capitalista produce, provocando un peligroso deslizamiento hacia una estructura social que recuerda en parte el surgimiento de la Cuestión Social de finales del XIX y principios del XX.

Es ahora cuando más se acentúa la brecha existente entre ricos y pobres. Es ahora, en la (que dicen ser) salida de la crisis económica, cuando se dejan sentir de manera más cruenta las consecuencias de ese déficit de redistribución de la riqueza. Esta falta de reparto equitativo de los recursos afectará en el futuro la estructura social de Europa mediante altos índices de reproducción social y la creación de bolsas de pobreza que terminarán siendo viveros de exclusión social, y no sólo en las clásicas zonas del Sur de Europa.

“No todos los ciudadanos saldrán de la crisis. Ni todos, ni al mismo ritmo. Para muchos trabajadores/as varios años de larga crisis económica y social han significado su expulsión de la clase media. Este fenómeno ha afectado a varios cientos de miles de personas en España, quizás millones en la UE. Muchas de estas personas tras pasar por procesos de empobrecimiento económico y personal, se sienten incapaces de volver a incorporarse a las dinámicas laborales, familiares y sociales. Muchos han perdido su estabilidad y su equilibrio como personas y  ciudadanos. La crisis económica deja tras de sí daños colaterales de un coste social que sólo percibiremos en el medio y largo plazo”.

La redistribución de la riqueza o como aplicar caridad en lugar de justicia social.

Esta situación se produce sobre todo porque los peligros del empobrecimiento y la desigualdad ha sido combatida desde los Estados mediante una miope y aislada perspectiva asistencial, implementando (para salir del paso) exclusivamente políticas de subsidio y servicios sociales en lugar de afrontar políticas activas de reparto equitativo de la riqueza nacional y medidas fiscales e impositivas progresivas y de redistribución. Las consecuencias de esta visión simplista y más cercana a la caridad que a la justicia social están comenzando a ser palpables ahora, dibujando un mapa socio-laboral que está siendo denunciado desde organizaciones de prestigio como Cáritas (Foessa. Exclusión y Desarrollo Social en España 2014).

La pobreza laboral y el peligro de la exclusión se instalan en un segmento importante de la población trabajadora sumida en condiciones de trabajo cada vez más precarias, con constantes entradas y salidas del mercado laboral y la imposición de una dinámica de incertidumbre y eventualidad como norma de vida. Son colectivos asiduos a la economía sumergida y de forma intermitente dependientes de los subsidios estatales por lo que están siempre bordeando la delgada línea que les separa de la precariedad en todos los aspectos.

Es cada vez más una pobreza de signo estructural, es decir, una pobreza que ha dejado se depender totalmente de la crisis económica, cada vez más se trata de unas limitaciones y desigualdades impuestas por el actual sistema y que se perpetuarán en las capas más desfavorecidas de la sociedad. Es en ese desequilibrio socioeconómico y en esa falta de voluntad política para realizar una verdadera redistribución equitativa de los recursos donde reside el germen del conflicto social que tanto impresiona a los gobiernos cuando estalla en forma de algaradas, manifestaciones o desobediencia activa.

  • Esta violencia se hace presente y emerge de forma súbita creando algo similar al contagio que supondría la Efervescencia Colectiva definida por E. Durkheim. En este sentido sería recomendable revisar los conatos de violencia racial pero sobre todo social que sufrieron ciudades como Londres y París no hace muchos años.
  • las calles de Atenas y otras ciudades griegas que en su día fueron escenario de las protestas de la población por los recortes impuestos desde la UE, pero sobre todo por la falta de equidad en el reparto interno de las obligaciones de la crisis.
  • El desarrollo de la Primavera Árabe y las movilizaciones sociales que provoco dicho fenómeno debería servirnos también al Primer Mundo de elementos de reflexión, la desigualdad, la falta de perspectivas de la juventud y la falta de libertad fueron los elementos detonantes del conflicto social, y es que a veces la democracia que predicamos hacia dentro la negamos en el exterior por intereses bastardos.

Noruega y Japón. Comportamiento ciudadano y cohesión social.

Un buen motivo de análisis sociológico de las potencialidades del conflicto social es el comportamiento de la sociedad civil en situaciones extremas. No hace muchos años, una sociedad como la noruega, pasó por una catarsis nacional tras el asesinato en masa de decenas de jóvenes, perpetrado por un individuo aislado y donde se mezclaron elementos ideológicos de violencia, muerte e incluso racismo. Esta tragedia nacional estaba pues envuelta en circunstancias que podían haber dado lugar a una reacción social de consecuencias impredecibles.

Sin embargo la sociedad noruega reaccionó movilizándose consensuadamente con una gran dosis de dominio, empatía, solidaridad y cohesión social. Esto no significa en modo alguno que los países escandinavos no tengan problemas colectivos que resolver, pero su estructura social está razonablemente equilibrada y la desigualdad social es menor e incluso con tendencias decrecientes.

Otro ejemplo que surge de entre el estudio de las sociedades ante hechos colectivos de carácter trágico afectó a la siempre peculiar sociedad japonesa. Un país que se vio sacudido por un tsunami y una emergencia nuclear, con miles y miles de afectados, desplazados y muertos y donde los recursos del Estado, empezando por las fuerzas del orden, se vieron desbordados, poniendo a prueba la capacidad de solidaridad de los japoneses. La sociedad nipona y sobre todo los afectados, reaccionaron con la máxima urbanidad y sentido de la responsabilidad, ya que a pesar de la presencia de miles y miles de personas en las calles, de su indefensión, de la falta de electricidad o alimentos y en definitiva del caos total que se generó, todo ello no dio lugar a pillaje, vandalismo o conflictos grupales destacados.

La sociedad nipona, compleja y a la vez tradicional, está dotada de una clase media amplia y unos índices de pobreza y desigualdad estructural soportables. Ante acontecimientos de esta magnitud se puede observar como un importante grado de cohesion social es una variable de primer orden en el análisis de los comportamientos colectivos de la ciudadanía.

A modo de conclusión.

No se trata de exponer como ejemplo modélico a las sociedades de Noruega o Japón, (tan distintas entre sí) pero si es necesario subrayar, que pese a otro tipo de problemáticas que arrastran como sociedades avanzadas, en ambos casos, estamos hablando de sociedades con unas tasas de redistribución de la riqueza y de movilidad social aceptables. Una sociedad con un bajo índice de desigualdad coadyuva a que su estructura social mantenga una cierta identidad y a la creación de una sociedad civil participativa, propensa a la empatía y a la solidaridad.

“El conflicto social raramente es fruto de la manipulación o del capricho, el conflicto social se retroalimenta de la frustración de las clases más desfavorecidas y de la impunidad que se detecta en las élites dirigentes”.

Las consecuencias se manifiestan en una polarización y fragmentación del espectro político, con la incursión de nuevos actores y la implementación de un discurso ideológico más crítico con la gestión de la crisis económica e institucional. Discurso que (insistimos) emerge como consecuencia de la movilización de las clases populares en busca de nuevas soluciones y no de intereses inconfesables de oscuros grupos radicales.

“COMUNICAR PARA APRENDER Y COMPARTIR”.

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